Si sales un viernes por la noche en casi cualquier ciudad de México, verás la misma escena: gente tomando en la banqueta, en parques, afuera de las tiendas, en los deportivos, en las esquinas. Es un paisaje tan cotidiano que ya ni lo cuestionamos.

    Pero deberíamos.

    Porque detrás de esa “normalidad” hay un fenómeno social profundo que afecta la convivencia, la percepción de seguridad y el uso del espacio público. Y sí: también hay teoría detrás de esto.

    El alcohol en la calle como señal de desorden

    La famosa teoría de las ventanas rotas, retomada de los experimentos de Philip Zimbardo, explica algo muy simple:
    cuando se toleran pequeñas faltas visibles, se envía el mensaje de que nadie cuida y todo se permite.

    El consumo de alcohol en vía pública es exactamente eso:
    una señal de desorden.

    No porque tomar un trago sea un delito grave, sino porque la escena misma —botellas, ruido, grupos grandes, discusiones, basura alrededor— rompe la frontera que separa lo privado de lo público.

    Es la primera grieta.

    Cuando esa grieta se normaliza, aparecen otras: riñas, vandalismo, basura, desacatos.
    Y después de eso… delitos de verdad.

    Lo que pasa cuando beber en la calle se vuelve costumbre

    México carga con una visión cultural donde la fiesta, la calle y lo comunitario se entrelazan. No es extraño ver convivios improvisados en un deportivo, mesas afuera de una tienda o un festejo extendiéndose a la vía pública.

    Pero cuando esa costumbre deja de tener límites, pasa algo grave:

    • El espacio público se masculiniza (se vuelve territorio de grupos de hombres).
    • Las familias dejan de usar los parques.
    • La calle pierde neutralidad y se vuelve espacio de tensión.
    • El ruido, la basura y las riñas se vuelven parte del paisaje.
    • La policía deja de intervenir para “evitar problemas”.

    Y así se instala un mensaje silencioso pero potentísimo:
    Aquí las reglas no importan.

    ¿Y en otros países? No todo se resuelve con castigos

    Cada país regula el consumo de alcohol en espacios públicos a su manera, pero con algo en común: la convivencia importa más que la fiesta.

    • Tokio y Osaka: consumo limitado a zonas específicas; sanciones efectivas y fuerte presión social.
    • Singapur: prohibido entre 22:30 y 7:00; multas altas, cero tolerancia a disturbios.
    • Países nórdicos: se puede beber en parques, pero hay normas comunitarias estrictas; cualquier rastro de violencia se atiende de inmediato.
    • España: botellón regulado; ciudades crean “zonas de tolerancia” para evitar que el desorden se derrame a barrios residenciales.

    Todos estos modelos entienden algo clave:
    no se trata de moralizar el alcohol, sino de proteger el espacio común.

    Cuando beber en la calle cambia una ciudad

    Un parque donde la gente bebe cada fin de semana deja de ser parque.
    Se convierte en zona de ruido, basura y tensión.

    Una banqueta donde se arma “la previa” deja de ser banqueta.
    Se vuelve un territorio con dueño.

    Un deportivo donde los adultos toman mientras los niños juegan deja de ser deportivo.
    Se convierte en un espacio incierto.

    La línea es fina: no es el alcohol…
    es la señal que envía.

    Si toleras el desorden leve, el desorden grave llega solo.

    En México está prohibido beber en vía pública, pero la realidad es que nadie lo respeta… y casi nadie lo hace respetar. Esa tolerancia crea un efecto dominó que va desgastando el espacio público, deteriora la convivencia e incrementa la percepción de inseguridad.

    Porque al final, una ciudad no se define por las leyes que están en papel, sino por las reglas que la gente decide cumplir.

    Y la pregunta queda en el aire:

    ¿Qué tanto del desorden que vivimos empieza con algo tan simple como una botella abierta en la calle?

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