La Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) realizó un operativo en Tulum tras recibir múltiples denuncias de abusos en hoteles, restaurantes, tiendas y clubes de playa.
Lo que encontró confirma lo que viajeros y habitantes denuncian desde hace años: precios inflados, falta de transparencia y prácticas diseñadas para confundir al consumidor.
Los inspectores descubrieron que varios establecimientos operaban sin exhibir precios, sin informar tarifas de hospedaje, con menús incompletos, propinas obligatorias y cargos sorpresa. El resultado fue la suspensión de diversos hoteles que ni siquiera cumplían con los requisitos mínimos de información para el visitante.
Pero lo ocurrido en Tulum no es un hecho aislado: es el reflejo de un modelo turístico que, en muchos destinos del país, opera desde hace tiempo sin contrapesos.
Cuando el abuso se normaliza
En zonas como Tulum, ciertos operadores hoteleros crecieron tanto —y con tan poca supervisión— que instalaron una lógica simple: “el viajero pagará lo que digamos que pagará”.
El resultado es un ecosistema donde:
- Las tarifas se vuelven opacas.
- Los servicios básicos se venden como lujo.
- Los alimentos más simples cuestan como si fueran alta gastronomía.
- Y el turista —quien sostiene la economía local— termina pagando precios que no corresponden ni con la calidad ni con los costos reales del destino.
Lo más revelador del operativo de Profeco es que los hoteles sancionados repetían exactamente el mismo patrón: tarifas escondidas, términos y condiciones ocultos, comprobantes inexistentes, menús en otro idioma o incluso en moneda extranjera.
Eso no habla de errores administrativos. Habla de una industria que opera cómoda, sin rendición de cuentas, y de autoridades locales que durante años han permitido que el abuso se vuelva parte del paisaje.
El costo para el destino
El problema no es solamente lo que paga el turista. Es el mensaje peligroso que envía este modelo: la hospitalidad deja de ser un acto de bienvenida y se convierte en una dependencia obligada hacia quienes controlan la mayor parte de la oferta.
Cuando un destino se reduce a unas cuantas opciones centralizadas y encarecidas, la experiencia deja de ser elección y se vuelve resignación. Y cuando la resignación se vuelve hábito, los abusos se institucionalizan.
Tulum merece algo mejor.
El turismo que México necesita
Un destino fuerte no se construye con tarifas escondidas ni con el “a ver cuánto le saco al turista”.
Se construye con:
- Diversidad real de oferta.
- Transparencia y precios claros.
- Competencia que obligue a mejorar, no a abusar.
- Un entorno donde la comunidad local también se beneficie.
El operativo debería ser el inicio de una discusión seria:
¿qué modelo turístico queremos para los próximos años?
Porque la confianza del viajero se pierde rápido… y casi nunca regresa.
Y la hospitalidad auténtica —la que construye comunidad y futuro— nunca se ha sostenido con menús ocultos ni tarifas infladas. Se sostiene con claridad, reglas y respeto.

