La Generación Z —jóvenes nacidos entre 1995 y 2010— vuelve a ser tema nacional. Este 15 de noviembre, un grupo de jóvenes ha convocado una marcha en la Ciudad de México bajo una bandera inspirada en el anime One Piece, símbolo global de libertad y resistencia.
La movilización, difundida en redes sociales con el nombre Generación Z México, busca —según sus promotores— exigir un país más justo, transparente y libre de corrupción. Sin embargo, la convocatoria ha sido objeto de polémica: mientras algunos sectores la celebran como expresión legítima del descontento juvenil, la presidenta Claudia Sheinbaumla calificó como una posible “campaña coordinada en redes con fines políticos”, impulsada por cuentas falsas y manipulación digital.
Más allá de la controversia, el debate sobre la marcha abre una pregunta de fondo: ¿qué está pasando con la juventud mexicana y por qué sus expresiones —ya sea en la calle o en redes— se han convertido en un espejo de la crisis política y social del país?
Una generación decisiva y precarizada
De acuerdo con el INEGI, en el primer trimestre de 2025 vivían en México 30.4 millones de personas de entre 15 y 29 años, equivalentes al 23.3 % de la población total. Si se amplía el rango a los 12 a 29 años, la cifra asciende a 37.7 millones, es decir, cerca del 30 % del país.
Es una generación numerosa y económicamente activa: 54 de cada 100 jóvenes de entre 15 y 29 años forman parte de la población económicamente activa, aunque 59.5 % de ellos lo hace en condiciones de informalidad.
Esa combinación —alta participación y precariedad— explica parte de su descontento. Es la primera generación completamente digital, que creció conectada a internet y que prioriza la salud mental, la flexibilidad laboral y el sentido de propósito. Pero también es una generación que enfrenta bajos salarios, inseguridad y falta de oportunidades.
Para muchos, la frustración no se traduce solo en apatía, sino también en búsqueda de nuevas formas de acción. La marcha del 15 de noviembre es una de ellas.
La marcha del 15 de noviembre: entre el idealismo y la sospecha
Convocada desde redes sociales, la marcha llama a reunirse en el Ángel de la Independencia y avanzar hacia el Zócalo capitalino. El mensaje es simple: exigir transparencia, democracia y fin a la corrupción.
Sin embargo, la propia cuenta del colectivo Generación Z México negó haber convocado la manifestación. En un comunicado, advirtieron que el evento “ha sido cooptado por un grupo que no representa nuestros intereses”.
Pese a ello, el llamado se ha viralizado. Algunas versiones incluso mencionan la exigencia de una revocación de mandato a la presidenta Sheinbaum, en respuesta a su supuesta inacción ante la violencia en Michoacán y el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo.
En respuesta, Sheinbaum señaló que el movimiento “no tiene nada que ver con una manifestación legítima”, y sugirió que detrás de la convocatoria hay intereses empresariales y “mucho dinero en redes para levantar tendencias falsas”.
La polémica evidencia el choque entre una generación sin líderes visibles y un poder político acostumbrado a interlocutores reconocibles. Lo que para unos es una muestra de espontaneidad ciudadana, para otros es prueba de manipulación.
El símbolo del sombrero de paja
La bandera elegida para la marcha —la calavera con sombrero de paja del anime One Piece— se ha convertido en un ícono global de la Generación Z. En la historia, el protagonista Monkey D. Luffy busca convertirse en “la persona más libre del mundo”, una idea que los jóvenes han reinterpretado como metáfora de libertad y justicia.
El emblema ya ha sido usado en movilizaciones en Nepal, donde la “Rebelión del Sombrero de Paja” forzó la renuncia del primer ministro K. P. Sharma Oli; en Madagascar, donde simbolizó la lucha contra la desigualdad; y en países como Perú, Serbia, Kenia e Indonesia, donde se asocia con protestas juveniles contra la corrupción.
En México, la bandera del One Piece encarna una nueva forma de protesta: mezcla de cultura pop, humor, indignación y esperanza. Al igual que la máscara de V de Vendetta o el saludo de Los Juegos del Hambre, su fuerza no está en la ideología, sino en su capacidad de conectar emocionalmente con una generación.
El otro rostro de la juventud: la violencia que los alcanza
Mientras una parte de la Generación Z se organiza para protestar, otra enfrenta un destino más oscuro: la violencia los está alcanzando, tanto como víctimas como victimarios.
En el último mes, cuatro crímenes protagonizados por adolescentes sacudieron al país.
El primero fue el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, cuyo autor material era un joven de 17 años, reclutado por el crimen organizado y abatido en el lugar.
El segundo, el homicidio del abogado David Cohen Sacal, a manos de Héctor (18 años) y Donovan (20), quienes recibieron 50 mil pesos por el ataque.
El tercero ocurrió en una tienda de la Ciudad de México: un adolescente de 16 años mató a un guardia de seguridad durante un intento de robo.
Y el cuarto, en Tabasco, involucró a un menor de 14 años, conocido como “El Niño Sicario”, detenido con una subametralladora, drogas y videos de secuestros.
Distintos casos, una misma raíz: jóvenes sin oportunidades, sin esperanza, atrapados entre la pobreza y el reclutamiento criminal.
De acuerdo con estimaciones de organizaciones civiles, más de 200 mil niños y adolescentes en México están en riesgo de ser reclutados por grupos criminales, y las detenciones de menores por delitos de alto impacto se han duplicado en los últimos años.
El rostro de la violencia en México se hace cada vez más joven.
Y en ese espejo, la marcha del 15 de noviembre adquiere otro sentido: no solo como expresión política, sino como un grito generacional por sobrevivir en un país que no les ofrece alternativas.
Una generación entre la esperanza y la frustración
El fenómeno de la Generación Z revela una paradoja mexicana: una generación más informada, conectada y consciente que nunca, pero también más vulnerable. Los mismos jóvenes que hoy marchan contra la corrupción son parte de una cohorte en la que miles no estudian ni trabajan, y otros miles son absorbidos por la economía criminal.
La protesta del 15 de noviembre será una prueba de fuerza simbólica. Si logra mantenerse pacífica, apartidista y con una agenda clara —transparencia, justicia, democracia—, podría marcar un nuevo ciclo de participación juvenil. Pero si se diluye entre la estética de redes y las campañas cruzadas de desinformación, podría terminar siendo otra expresión efímera de hartazgo digital.
En todo caso, su aparición confirma algo: México ya no puede ignorar a su juventud.
La Generación Z no quiere esperar su turno; quiere construir su propio presente.
Y si el sistema político no escucha su voz, la seguirá expresando —en TikTok, en las calles o con una bandera pirata ondeando en el Zócalo—.

