En solo un mes, al menos cuatro crímenes han conmocionado al país por un mismo motivo: sus autores eran adolescentes o jóvenes apenas mayores de edad.
    De Uruapan a Tabasco, la violencia ya no solo destruye el futuro de las víctimas, también consume el de quienes deberían estar construyendo el suyo.

    1. El asesinato del alcalde de Uruapan

    El 1 de noviembre, el alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue asesinado a balazos durante un evento público.

    El responsable material del ataque fue Víctor Manuel “N”, de 17 años, quien según las autoridades estatales era consumidor de metanfetamina y actuó junto a otros dos cómplices.
    El adolescente murió en el lugar tras ser abatido por fuerzas de seguridad.
    Su familia contó que había desaparecido días antes, sin saber que sería reclutado para cometer un homicidio político.

    2. Los jóvenes que mataron al abogado Cohen

    El 13 de octubre, Héctor Hernández, de 18 años, y Donovan “N”, de 20, asesinaron al abogado David Cohen Sacalafuera de Ciudad Judicial, en la colonia Doctores.
    Les ofrecieron 50 mil pesos por el “trabajo”.
    Héctor confesó que lo contactaron en Tepito y que ni siquiera sabía quién era la víctima ni por qué debía matarla.
    Fue detenido herido en el lugar; su cómplice cayó días después en Iztapalapa.

    3. Un menor armado en una tienda

    El 3 de noviembre, un adolescente de 16 años mató a un guardia de seguridad en una tienda Bodega Aurrerá Express, en la alcaldía Cuauhtémoc.
    El joven había intentado robar varios productos y, al ser confrontado, disparó en la nuca del vigilante antes de huir.
    Las cámaras de seguridad permitieron identificarlo y su detención está en curso.

    4. El “niño sicario” de Tabasco

    En Tabasco, la policía estatal detuvo a un menor de 14 años, conocido como “El Niño Sicario”, integrante de un grupo criminal dedicado al secuestro y al narcomenudeo.
    Tenía en su poder una subametralladora Uzi, drogas y videos de víctimas secuestradas.
    Su caso muestra cómo el crimen organizado ya no solo recluta adolescentes, sino niños cada vez más pequeños.

    Una generación atrapada

    Las detenciones de adolescentes por delitos de narcomenudeo se han disparado en los últimos años.
    En solo tres años, los casos casi se triplicaron, reflejando un fenómeno en expansión: el reclutamiento de jóvenes por parte del crimen organizado.
    Estados como San Luis Potosí, Chihuahua, Ciudad de México y Coahuila concentran algunos de los registros más altos.

    El Observatorio Nacional Ciudadano y la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) estiman que entre 145 mil y 250 mil niños y adolescentes están en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos.

    El crimen como salida

    Especialistas advierten tres factores principales detrás del fenómeno:

    1. Pobreza y falta de oportunidades.
    2. Impunidad estructural.
    3. La percepción de que ser menor significa “salir libre”.

    “Los adolescentes ven en el crimen una vía rápida para ganar dinero y reconocimiento, sobre todo en comunidades donde el Estado ha estado ausente durante años”, explica el sociólogo Felipe Gaytán Alcalá.

    En muchos barrios, portar un arma o manejar una motocicleta para una célula delictiva da más estatus que estudiar o trabajar.
    El crimen organizado lo sabe y convierte esa aspiración en trampa.

    Una infancia robada

    La historia de “Sol”, una joven reclutada a los 12 años, muestra lo brutal de este sistema.
    “Al principio me sentí importante”, contó. “Luego entendí que todos éramos desechables”.
    Como ella, miles de jóvenes se pierden cada año en una espiral que comienza con la pobreza y termina con una bala o una celda.

    Una generación en riesgo

    El rostro de la violencia en México es cada vez más joven.
    Adolescentes convertidos en asesinos, sicarios o halcones son la prueba más dolorosa de que el país está perdiendo a una generación entera.
    Mientras no existan políticas que combinen educación, prevención y justicia real, la violencia seguirá repitiéndose —cada vez más cerca de la infancia.

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