Hace unos días, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) vivió una de sus peores madrugadas recientes. A las 02:13 horas, las operaciones de aterrizaje y despegue se suspendieron: las pistas estaban anegadas por las lluvias.
Durante casi cuatro horas, aviones fueron desviados, vuelos cancelados y miles de pasajeros quedaron varados en salas de espera. En total, 19,500 usuarios afectados, 16 vuelos desviados, tres cancelados y 120 con demoras.
La imagen de la principal puerta de entrada al país paralizada por el agua es preocupante por sí sola, pero se vuelve alarmante si pensamos en el Mundial 2026, cuando la Ciudad de México recibirá a cientos de miles de turistas. No se trata solo de una anécdota meteorológica: es un síntoma de un problema estructural que ya está golpeando la movilidad, la economía y la imagen internacional de la capital.
No es un hecho aislado: la ciudad se ahoga
Lo que pasó en el AICM no es una excepción. Cada vez que la lluvia cae con fuerza, la Ciudad de México repite la misma historia: calles inundadas, tráfico colapsado, estaciones del Metro cerradas y vecinos sacando el agua de sus casas. El origen está en una combinación de factores que llevamos arrastrando décadas:
- Un drenaje antiguo y rebasado
- Partes del sistema tienen más de 80 años; otras datan del siglo XIX o incluso de la época virreinal. Fue diseñado para una ciudad mucho más pequeña. Hoy, la urbe es 20 veces más grande que cuando se construyó el Drenaje Profundo.
- Hundimiento del suelo
- La sobreexplotación de los acuíferos hace que la ciudad se hunda hasta 30 cm por año en algunas zonas. Esto modifica las pendientes y reduce la capacidad del agua para fluir por gravedad.
- Basura y obstrucciones
- El 50% de las inundaciones se debe a coladeras y alcantarillas tapadas con desechos.
- Cambio climático
- Ya no llueve de manera uniforme: lo que antes caía en una semana, ahora se descarga en una hora. La intensidad rebasa cualquier sistema.
- La geografía que olvidamos
- La Ciudad de México está asentada sobre lo que fue un lago. La urbanización masiva selló el suelo con asfalto y concreto, impidiendo la infiltración natural del agua.
El riesgo de no actuar
Si el AICM colapsa por una tormenta en 2025, ¿qué pasará cuando lleguen los flujos masivos de turistas para el Mundial? No hablamos solo de retrasos y molestias: hablamos de impactos económicos, de imagen y hasta de seguridad. El aeropuerto y la ciudad deben estar preparados para condiciones climáticas más extremas, y eso requiere inversión, planeación y ejecución, no solo declaraciones.
Soluciones: de ciudad drenaje a ciudad esponja
Expertos y autoridades han planteado que no basta con “sacar” el agua: hay que captarla, infiltrarla y reutilizarla. El concepto de “ciudad esponja” es clave: parques infiltrantes, jardines de lluvia, pozos y tanques de infiltración, sistemas de captación pluvial en viviendas y edificios públicos.
La propuesta de Acupuntura Hídrica que plantea 100 pozos de absorción, limpieza de vasos reguladores y construcción de lagunas de captación es un paso, pero la escala del problema exige mucho más: coordinación metropolitana, inversión sostenida y un cambio cultural para que la ciudadanía no tire basura ni bloquee drenajes.
El colapso del AICM no es solo una anécdota de mal clima. Es un aviso de lo que puede pasar —y peor— si no transformamos nuestra relación con el agua. No se trata solo de infraestructura: es una cuestión de seguridad, competitividad y reputación internacional.
Si la Ciudad de México quiere recibir al mundo en 2026 sin dar esta imagen de fragilidad, debe actuar ahora. Porque la próxima tormenta no va a esperar a que terminemos de planear.

